La crisis económica y el giro al neoliberalismo de la socialdemocracia plantea a la izquierda anticapitalista el reto de cómo debemos construir una alternativa real. Enric Rodrigo, miembro de En lucha, debate sobre la relación entre los movimientos sociales y la necesidad de espacios unitarios de intervención política. [Publicado en La Hiedra, diciembre 2008]
Corren tiempos difíciles. Las turbulencias económicas del sistema crediticio mundial están desembocando en una crisis global. Aún queriendo tranquilizar a la ciudadanía mundial, asegurando que es necesario mantener la confianza en el libre mercado, los líderes mundiales han iniciado una ronda de cumbres del G20 con el aparente, ilusorio e irreal objetivo de “refundar el capitalismo”.
Importantes analistas han llegado a comparar la situación económica actual con la crisis del petróleo de 1973, cuando el espectacular auge de los precios del crudo puso fin al largo y prolongado boom económico de la postguerra. Otros van más allá y comparan la quiebra de los bancos crediticios con el crac de Wall Street, que en 1929 colapsó el comercio internacional y dio inicio a la Gran Depresión de los años 30. Probablemente ni unos ni otros tengan razón.
Sin embargo, lo que comparte el momento actual con otros períodos del pasado es, sin lugar a dudas, algo más profundo: la crisis de un proyecto global, el fracaso del capitalismo.
Y frente a eso es necesario preguntarse hacia dónde va la izquierda anticapitalista. No únicamente por el colapso financiero, sino también porque, más allá de la crisis económica, entre mucha gente se repiten constantemente ideas como crisis ecológica, crisis energética o crisis alimentaria.
La conclusión en cualquiera de los casos acaba siendo parecida: el modelo de producción y consumo capitalista actúa en contra de los intereses mayoritarios de la población mundial.
Una nueva izquierda
A lo largo de la última década las perspectivas de la izquierda organizada han dado un giro radical. Frente al pesimismo que reinó, durante la mayor parte de los 90, ante la ofensiva neoliberal reforzada tras la caída del bloque del Este, el inicio del siglo XXI, acompañado de un importante auge de resistencias, y esporádicamente de algunas victorias, ha abierto todo un nuevo abanico de oportunidades.
Dos factores han contribuido a ello. Por un lado, la orientación hacia los marcos de trabajo amplios y unitarios ha favorecido una importante simbiosis entre organizaciones, eliminando barreras que parecían insalvables y poniendo en contacto directo a grupos y tendencias ideológicas muy diversos. Por otro lado, y no menos importante, que estos marcos de trabajo unitarios hayan puesto todo el énfasis en las movilizaciones ha sido otro ingrediente indispensable para sazonar el cambio de perspectivas.
Durante este período quienes dedicaron sus esfuerzos únicamente a rentabilizar sus marcas electorales han sufrido un fuerte descrédito ante la opinión pública. Sin embargo, al calor de las luchas se ha fraguado una nueva izquierda que, con especial fuerza en Europa, está dando el salto desde lo social hacia lo político. Aún frágil, desigual y en muchas ocasiones sin un referente político claro, esta nueva izquierda representa el intento de construir una alternativa al neoliberalismo y la guerra —incluso en ocasiones al propio capitalismo—, dando voz a los nuevos movimientos de resistencia global que emergieron a raíz de los bloqueos de Seattle en 1999 contra la Organización Mundial del Comercio y las invasiones militares de Afganistán e Irak en 2001 y 2003 respectivamente.
La profunda deslegitimación de las instituciones globales que pusieron en marcha la “doctrina neoliberal” de la globalización, así como el masivo rechazo a las nuevas guerras lideradas por EEUU, permiten hoy que la izquierda anticapitalista pueda conectar con una amplísima capa de la sociedad dispuesta a dar un paso al frente y otro a la izquierda.
De forma paralela, los nuevos movimientos sociales han mostrado la voluntad y la necesidad de abordar cuestiones políticas de fondo para seguir avanzando y conquistar victorias.
Bastaría con recordar el potente movimiento antiguerra que derrotó electoralmente al gobierno del PP y forzó desde las calles la retirada de las tropas españolas de Irak en 2004. Pero también es imprescindible mencionar la reciente victoria de los buseros de TMB en Barcelona en su prolongada lucha por los dos días de descanso semanal, la victoria de los y las trabajadoras de la limpieza del metro de Madrid o las enérgicas respuestas de las plantillas de SEAT y Nissan frente a los despidos masivos.
Entrevistados el pasado mes de mayo por La Hiedra, los sindicalistas Cándido y Morala apuntaban que “nuestros problemas laborales los convertimos en problemas políticos en la calle (…) el mensaje debe ser siempre de lucha”. Ese mismo espíritu es compartido ampliamente por los movimientos de estudiantes y trabajadores que luchan contra la mercantilización de los servicios públicos, tales como la sanidad o la educación.
A pesar de todo, hasta el presente, la carencia de un referente político capaz de canalizar el creciente descontento social está determinando el rumbo y el desarrollo de la izquierda anticapitalista en el Estado español. Tanto es así que mientras las resistencias sociales han ido en aumento, han surgido también numerosas dudas y preguntas.
La experiencia de los Foros Sociales
Los foros sociales, espacios de encuentro y debate para miles de activistas tanto a nivel local, continental como mundial han contribuido en gran medida a generar procesos de convergencia entre amplios sectores.
La fragilidad de la izquierda anticapitalista ha encontrado en no pocas ocasiones su propio espacio de intervención política en los movimientos y campañas surgidos de los foros sociales. El llamamiento internacional a movilizarse contra la guerra de Irak tuvo lugar durante el transcurso del primer Foro Social Europeo realizado en Florencia, en otoño de 2002, meses antes de la invasión. Su impacto fue espectacular.
Un estudio de Dominique Reynie, académico de la Universidad de París y profesor del Instituto de Estudios Políticos de París, estimaba que durante los tres primeros meses de 2003, cerca de 33,5 millones de personas protestaron en las calles contra la invasión de Irak, de las cuales 20 millones lo hicieron en Europa.
Del mismo modo, también durante el FSE de Florencia más de 10.000 personas venidas de todos los rincones de Europa asistieron a un seminario sobre la relación entre movimientos sociales y organizaciones políticas. Cómo llenar el vacío político existente “a la izquierda de la izquierda” ha sido desde entonces uno de los debates más concurridos en el seno de la izquierda organizada.
De alguna manera, durante el máximo esplendor de los foros sociales, éstos sirvieron tanto para movilizar a la ciudadanía global como para iniciar procesos de convergencia entre las organizaciones políticas. Ciertamente, durante una etapa los foros sociales cubrieron el vacío político existente y para muchos activistas se convirtieron en un referente.
Sin embargo, resulta evidente que, con el paso de los años y las sucesivas ediciones, los foros sociales continentales y mundiales han perdido peso específico. No así los foros sociales a nivel local que han tomado una mayor relevancia.
Como señalan Alex Callinicos y Chris Nineham, ambos miembros destacados de los procesos ligados a los foros sociales “el capitalismo global está atado a lo que León Trotsky llamó el desarrollo desigual y combinado. De la misma manera también lo están los movimientos que lo combaten”. Lo que trataban de demostrar es la dialéctica existente entre los procesos locales y globales.
Si bien a nivel global el capitalismo sigue un mismo rumbo compartido, llegado un momento determinado, las peculiaridades de cada estado situaron a los foros sociales continentales y mundiales en un impase.
Así, las prioridades y perspectivas de los movimientos sociales a nivel local podían divergir considerablemente en función de las distintas situaciones políticas, dificultando la puesta en marcha de estrategias comunes. En definitiva, el reto era y sigue siendo poner en práctica la máxima del movimiento anticapitalista: pensar globalmente, actuar localmente.
En estos momentos de impase, los foros sociales locales como los celebrados en Barcelona, Sevilla o Madrid tienen un impacto mayor en el tejido asociativo local del que pudo tener el Foro Social Mundial celebrado en Nairobi en las mismas fechas, pese a que en ambos se debatieran temáticas similares y de raíz común. Principalmente, porque los foros sociales locales enfocaban las problemáticas globales hacia una puesta en práctica de estrategias de intervención en nuestro entorno más inmediato.
En efecto, en el foro social celebrado en Madrid se debatió en profundidad sobre el Espacio Europeo de Educación Superior, pero también sobre el qué hacemos para revitalizar al movimiento estudiantil madrileño. Meses más tarde, 20.000 estudiantes tomaban las calles y algunas facultades eran ocupadas por los universitarios. Obviamente, dicha reacción no surgió de un seminario, dado que ya antes muchos activistas trabajaban muy seriamente en ese sentido. Sin embargo, el éxito del foro social insufló una buena cantidad de confianza y sumó activistas a la causa.
La articulación de espacios amplios de encuentro y debate a nivel local, como el Foro Social de Sevilla, ha servido para lanzar un buen número de campañas y movilizaciones a lo largo de varios años que de otro modo hubieran tenido una menor repercusión en la capital andaluza.
En Barcelona, donde el arraigo del movimiento anticapitalista es probablemente mayor, las campañas y movilizaciones unitarias han tenido más presencia y resulta habitual encontrar expresiones de solidaridad de los movimientos sociales con las distintas luchas que se van abriendo: conductores de TMB, la respuesta a la crisis, la directiva europea de las 65 horas de trabajo semanal, etc.
Para la izquierda anticapitalista que ha participado a lo largo de todos estos años en los procesos derivados de los foros sociales, el mayor reto del presente consiste en construir y mantener espacios estables de coordinación y articulación de luchas con el objetivo de continuar avanzando políticamente.
¿Qué alternativa política necesitamos?
En primer lugar, es imprescindible entender que, frente a los ataques del neoliberalismo, las gentes trabajadoras no se vuelven automáticamente revolucionarias. Así pues, en primera instancia los y las trabajadoras buscan en las reformas de la socialdemocracia un retorno a las políticas sociales y de izquierdas encaminadas a un mayor bienestar común.
La criba entre izquierda-derecha sigue siendo algo muy real en la cabeza de millones de trabajadores. Y sin lugar a dudas, la identificación de las clases populares con los valores de la izquierda es algo que aún debemos celebrar.
No obstante, el hecho de que en un determinado momento histórico prevalezcan ciertas ideas de izquierdas no se traduce en que éstas sean aplicadas políticamente.
Por ejemplo, a partir de 1996 y en sólo dos años, en catorce de los quince países de la UE, los partidos de la socialdemocracia se alzaron con sucesivas victorias electorales en lo que el Financial Times llegó a calificar en 1998 como el “otoño rojo” europeo.
Sin embargo, lejos de asistir a un retorno de las políticas reformistas, aquel otoño rojo marcó el inicio del giro derechista de la socialdemocracia hacia las políticas económicas neoliberales. Un giro hacia el social-liberalismo, acentuado en los últimos años, que ha mostrado su capacidad para defender a la perfección los intereses de las grandes corporaciones y el sistema de desigualdad que sustentan.
El desfase existente entre los valores e ideas de izquierdas que aún representan a millones de trabajadores y trabajadoras, y las políticas aplicadas por los partidos que deberían defender sus intereses es tan grande hoy en día que el sentimiento mayoritario ante los procesos electorales suele ser el de votar por el mal menor o abstenerse. Simple y llanamente, una cuestión de talante, pues si bien en las formas existen matices, en el fondo derecha neoliberal e izquierda institucional representan y defienden unos intereses comunes. Si nos preguntamos qué alternativa política necesitamos, desde luego la respuesta no incluye a los partidos de la socialdemocracia.
No obstante, entre quienes todavía respaldan como mal menor a la izquierda institucional existe un porcentaje significativo de trabajadores y trabajadoras políticamente alineados a la izquierda de la izquierda de los que no podemos olvidarnos. Tanto es así, que la representación política de esta nueva izquierda emergente puede iniciar procesos que van más allá de los resultados electorales.
Como se comentaba anteriormente, los foros sociales han sido muy útiles para la convergencia de amplios sectores de la izquierda. Sin embargo y aunque pueda parecer contradictorio, avanzar en la cuestión de la representación política puede representar un salto cualitativo si, empujada por la izquierda anticapitalista, sirve como herramienta para empujar las luchas.
Experiencias como la de Die Linke en Alemania, una nueva formación que reúne desde la izquierda anticapitalista y revolucionaria hasta sindicalistas combativos, ex-comunistas y miembros disidentes del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) que ha logrado resultados electorales sorprendentes, sin olvidar que su éxito reside en el compromiso con las movilizaciones de base. Resulta obvio, que en una agrupación tan amplia pueden darse situaciones difíciles de justificar como apoyar y participar en la formación de gobiernos locales social-liberales, algo que la nueva izquierda emergente debería descartar en su carta de principios. Pero a pesar de ello, Die Linke está abriendo brechas en el gobierno de la Gran Coalición alemana y con su actividad política está ayudando a recomponer la izquierda anticapitalista alemana, empezando por la consolidación y el crecimiento de una corriente abiertamente anticapitalista y revolucionaria en su interior.
Por otro lado en Francia, el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), lanzado por la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) de Olivier Besancenot, empezará a andar el próximo mes de enero y presentará candidatura por vez primera en las próximas elecciones europeas de junio de 2009. En principio cuenta con más de 10.000 activistas, tres veces la afiliación de la LCR. El NPA se construye para dar representación política a los comités unitarios que han surgido por Francia en las últimas luchas sociales contra el neoliberalismo, y se apoyan en el creciente éxito electoral de la LCR, que superó en votos al Partido Comunista Francés en las últimas elecciones. El compromiso con las movilizaciones es poco menos que indudable en el NPA, y éste ha dejado claro que no formará gobierno alguno con quienes aplican programas neoliberales. Sin embargo, a falta de una mayor amplitud, está por ver —ojalá sea así— si consigue conectar con las bases descontentas del Partido Socialista Francés y abre una nueva brecha como Die Linke en Alemania.
El espacio político para este tipo de formaciones existe. Quizás el problema fundamental sea cómo llenar ese vacío existente a la izquierda de la socialdemocracia. En países como Francia, donde la LCR tiene un buen grueso de militantes, puede liderar este proceso por sí misma. Sin embargo, en Alemania fue el conjunto de la izquierda anticapitalista unidos alrededor de la Alternativa Política por el Trabajo y la Justicia Social quien forzó a los ex-comunistas del PDS y los disidentes del SPD a acercarse al proceso de recomposición de la izquierda combativa.
Con total seguridad, no existe una fórmula mágica para dar con el equilibrio de fuerzas necesario, pero a pesar de ello la voluntad de entendimiento es un requisito indispensable. En el Estado español, donde posiblemente no existe ninguna fuerza política que sea capaz por sí misma de llenar el enorme vacío político a la izquierda de la izquierda, el trabajo conjunto de distintas organizaciones e incluso tendencias ideológicas será inevitable, desde sectores abiertamente revolucionarios hasta reformistas que por sus propuestas bien podrían ser catalogados de anticapitalistas.
¿Hacia dónde ir?
Hasta aquí, he intentado apuntar esquemáticamente cómo la aparición de los movimientos de resistencia global al neoliberalismo y la guerra han configurado, al calor de las luchas sociales, una nueva izquierda potencialmente capaz de llenar el vacío político existente a la izquierda de la socialdemocracia. Sin embargo, para llenar ese vacío es necesario ir más allá de las propias fuerzas de la izquierda anticapitalista y tener en cuenta a quienes votan por el mal menor en los procesos electorales o se abstienen.
Contradictoriamente, mientras por un lado los nuevos movimientos sociales de base representan la esperanza, a falta de una alternativa política seria, los procesos electorales representan el desánimo y la frustración. Botón de muestra de que la nueva izquierda social necesita representación en el campo político para superar un cierto aislamiento que lastra al conjunto de las gentes de izquierdas.
Históricas formaciones como Izquierda Unida (IU) han entrado en una profunda crisis de identidad. Los más valientes hace tiempo que abandonaron la coalición al comprobar que existe mucha vida fuera de IU. Los que siguen dentro, viven sumisos en eternas peleas entre quienes quieren convertir a IU en el apéndice social del PSOE y quienes frustradamente intentan sin éxito una y otra vez reflotar una coalición inerte, sin vida democrática interna y profundamente desarraigada de las luchas sociales.
Será pues necesario aprender de los errores y buscar una representación muy distinta al modelo habitual. La representación política de la nueva izquierda no debe existir para ganar cuotas de poder, sino para extender la resistencia e impulsar las luchas. Una condición sine qua non para ganarse la confianza de los sectores descontentos con el neoliberalismo y sus gestores.
La organización federal de la izquierda anticapitalista Espacio Alternativo ha dado un paso en este sentido, conformándose bajo el nombre de Izquierda Anticapitalista y anunciando su presentación a las próximas elecciones europeas junto al NPA de Besancenot. Se trata sin duda de un paso valiente después de abandonar la caduca Izquierda Unida. Sin embargo, sería deseable que éste sea el primer paso de un proceso que lleve a una recomposición más amplia de la izquierda. Los y las revolucionarias deben jugar un papel esencial dentro de la nueva izquierda emergente, sin embargo, el potencial va mucho más allá de las propias fuerzas de la izquierda anticapitalista y revolucionaria, debiendo contar también con las bases más a la izquierda de la izquierda reformista.
Sin duda, un proyecto político de clase debería poder relacionarse con naturalidad con el conjunto de la clase trabajadora. Para ello, podríamos hablar de experiencias como las Candidatures d’Unitat Popular (CUP) en Catalunya que “basan el epicentro de su fuerza”, en palabras del politólogo Quim Arrufat, “en una asamblea con plenos poderes de decisión y deliberación”, siendo además “espacios políticos con un alto nivel de creatividad en las formas de intervención política y con una casi permanente preocupación por abrir más y nuevos espacios de participación ciudadana”. Sus más de 20.000 votos y 27 concejales en las últimas elecciones municipales presentándose únicamente en un puñado de municipios de Catalunya muestran su arraigo.
Seguramente parte de su secreto sea que “las CUP buscan también ser las candidaturas institucionales de un movimiento más amplio, donde colectivos y movimientos se den cita, se articulen y hablen, construyan juntos para dar sentido a la estrategia de la unidad popular.”
Esa es la tarea por la que apuesta En Lucha como organización política: la construcción de un referente político de un movimiento más amplio. Tan amplio como lo fue en su día el movimiento anticapitalista en el que marchaban juntos desde cristianos de base, activistas sociales y sindicalistas, hasta militantes de la izquierda revolucionaria. Todos comprometidos en la lucha por otro mundo posible. Con diferencias, con matices, con debates internos, pero golpeando juntos.
Del 23 al 25 de enero de 2009, se celebrará la segunda edición del Foro Social Mundial descentralizado en Madrid. Una excelente oportunidad para continuar avanzando en este proceso tan necesario. Impulsado por una Asamblea de Movimientos Sociales de Madrid que está debatiendo como articular y coordinar las luchas del presente y del futuro.
Iniciativas como éstas generan confianza e ilusión y la izquierda anticapitalista no puede desligarse de ellas. Todavía nos queda mucho camino por recorrer, pero como decía el poeta, se hace camino al andar.







